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Si Irlanda fuera un grupo, Fontaines D.C. sería su merchandising La banda irlandesa presenta su quinto disco, 'Dopamine Chamber', recién publicado, con un baño de euforia en MadridTwin Temple, la banda que defiende el satanismo como símbolo de la libertad absoluta y canta canciones de amor
No ha pasado ni una semana de la salida de Dopamine Chamber y Fontaines D.C. ya lo está tocando en España. La gira de presentación del quinto disco de la banda irlandesa ha comenzado por la península ibérica, lo cual produce cierto estado de euforia, tanto en el público como en los músicos.
Fontaines D.C. ya no es un grupo que promete. Ahora es un grupo que prometió y cumplió. Ha pasado rápidamente de ser el gran secreto del indie a casi llenar el Palacio de los Deportes de Madrid - Movistar Arena. Siguen siendo, de todas formas, un poquito demasiado raros para el mainstream, ni siquiera con Rosalía colaborando.
Para quien llegue a esta crónica buscando si la cantante catalana apareció para interpretar su parte de Where is gone?, le ahorraremos el scroll: no lo hizo, pero todavía se puede soñar con una aparición en Barcelona, donde el grupo tocará este sábado 24 de octubre.
Dopamine Chamber es un disco espectacular que ha conquistado a la crítica —cinco estrellas en The Guardian—, pero no ha encontrado unanimidad entre los fans (un 3,5 sobre cinco en Rateyourmusic), que en general les reprocha haberse alejado de su sonido.
¿Pero cuál era el sonido de Fontaines D.C., si precisamente uno de sus talentos era hacer discos rebosantes de buenas canciones que recordaban, cada una de ellas, a grupos muy diferentes? Una parecía de Arctic Monkeys, otra de Depeche Mode, otra de Kasabian, otra de Boo Radleys, otra de Jesus & Mary Chain, otra de Kneecap, otra de The Cure.
Este nuevo álbum, en cambio, parece centrarles en un camino, les confiere un sonido más homogéneo, y les hace parecerse más a ellos mismos. O al menos a una de las posibilidades de ser ellos mismos.
Una especie de esclavitud
En El padrino de Mario Puzzo, Johnny Fontane —un trasunto de Frank Sinatra— es un cantante que, engañado por su malvado productor, firma un contrato leonino que le tiene esclavizado y condenado a ganar poco y no ver el éxito. Fontaines D.C., que rinde tributo a este personaje en su nombre, tiene un problema similar con el productor de sus dos últimos discos, el genio James Ford. La esclavitud, en este caso, no es económica sino musical: la banda jamás sonará en el directo tan bien como en el disco.
Lo curioso es que Ford —responsable del sonido de Lung de Florence and the Machine, Suck It and See de Arctic Monkeys o Spirit de Depeche Mode— ha generado para la banda irlandesa una producción muy síntoma de nuestro tiempo: la sensación de que escuchamos las canciones como si sonaran en un recinto de conciertos tipo arena, como lo es el propio Palacio de Deportes de Madrid. O como sonaría en condiciones ideales. Es decir, pura ficción.
De hecho, el sonido en este concierto estuvo bien lejos de parecerse en lo más mínimo a ese sonido ideal. Sonó bajo en la pista y potente, pero denso y opaco, en la grada.
En la otra mitad del nombre del grupo, lo que no es un tributo mafioso, es una referencia a la capital irlandesa: D.C. se corresponde con Dublin City. Grian Chatten, el cantante, nació en Inglaterra, pero siendo un bebé de un mes, sus padres —ella británica, él irlandés— se mudaron a Irlanda y allí creció. En la escuela de música conoció a Carlos O'Connell —padre español, madre irlandesa— y al resto de miembros de la banda, que decidieron agruparse hace casi diez años.
De estas curiosas genealogías, nace en cambio un grupo profundamente irlandés. Chatten sale al escenario con una camiseta que pone Eyre, el nombre gaélico para Irlanda, y un colgante con el símbolo del seamróg, el trébol de tres hojas culturalmente asociado con el país.
Muy por encima del escenario, abriendo un espacio gigante entre las tablas y el techo que pretende buscar cierta monumentalidad en la escenografía, hay un gran rótulo de tres letras (otra vez el número sagrado para celtas): f, d y c. Aunque al principio están coloreadas de rosa, al final del concierto, en la apoteosis de las cuatro últimas canciones, se tiñen de verde, blanco y naranja, al igual que las luces de los focos. La tríada de colores de la nación irlandesa. El nacionalismo de Fontaines D.C. es tan potente que podrían convertirse en un merchandising de su propio país.
El madrileño
"Buenas, Madrid, cómo estamos". A Carlos O'Connell no le ilumina el foco cuando habla entre una canción y otra, pero todo el Palacio sabe que el guitarrista de pelo rosa es el madrileño del grupo. A los 18 años decidió mudarse a la tierra de su madre y allí encontró, ha dicho en las entrevistas, una conexión cultural más grande de la que tiene con España.
El público celebra por todo lo alto cuando las pantallas enfocan a O'Connell pegándole un trago a una lata de Guinness negra —una ovación más o menos de la misma intensidad que el "Free Palestine!" que gritó Grian Chatten poco antes—, pero los lazos con España no están rotos y a su bebé de diez meses le ha puesto de nombre Lorca.
Y antes de acometer Happy For You, una de las canciones del nuevo disco incluidas en el set list, se la dedica a su profesora Rosa, que le trajo "hace 20 años" (17, en realidad) a este mismo Palacio a ver un concierto de Leonard Cohen. Rosa, según aseguró en una entrevista, estaría allí, perdida entre el público, viendo a su alumno convertido en rock star.
Más allá del bien
Que estos cinco chicos son ya rock stars es evidente. En su concierto anterior, en 2024, el público llenaba solo la pista y la grada extensible. Para esta gira se han puesto a la venta todas las gradas y, pese a que no se han vendido todos los asientos, el símbolo más evidente de que el grupo ha triunfado es la aparición de una valla en mitad de la pista, para separar a los que pagan mucho por una entrada de los que pagan mucho más.
Las entradas front stage, situadas en la parte delantera de la pista y por las que hay que pagar casi 20 euros más, son uno de los símbolos más tristes y ridículos de la gran exprimidora capitalista en la que se ha convertido la industria del rock. Parecía que, a fuerza de afearse el gesto a los grupos, este tipo de prácticas estaba disminuyendo. Ver a un grupo indie —y político y combativo, un grupo que grita "Free Palestine!" entre una canción y otra— apretando a su público para ganar un pellizco más, es lamentable.
En este capítulo de quejas, los compañeros de la prensa gráfica tampoco lo tuvieron fácil, pues tuvieron que negociar unas condiciones impuestas por el grupo que consideraron injustas. Además, a petición de la banda, las imágenes se tomaron en las últimas tres canciones, al contrario de lo habitual, que son las tres primeras. Efectivamente, cosas de rock stars.
Como avanzábamos más arriba, Chatten tuvo que intepretar su dueto con Rosalía sin Rosalía, pero no desmereció tanto. Where is gone? es una canción inmensa y es ya un himno, a pesar de tener pocas semanas de vida, como demuestra que sea el tema elegido para despedir al grupo del escenario antes de volver para el bis.
Y en el retorno para la tralla final, y ya frente a las cámaras, el grupo sirvió la enorme Starburster —sin las características inspiraciones ahogadas— del disco Romance, un tema responsable en parte de que los Fontaines D.C. de 2024 no sean ya los Fontaines D.C. de 2026: la inclusión como opening de la serie MobLand: Tierra de mafiosos, no solo ha contribuido a la propulsión, sino que cierra con un guiño interesante esa fascinación que ostenta el grupo en su nombre propio, el thriller criminal de Guy Ritchie alrededor de la familia Harrigan, mafiosos irlandeses operando en los bajos fondos de Londres.
Cuando Grian Chatten baja las escalerillas del escenario, sujetando una copa de vino tinto que apenas ha tenido oportunidad de probar, se encienden las luces y suena en el sistema de sonido una canción elegida por ellos: Some Velvet Morning cantada por Nancy Sinatra, hija de Frank. El homenaje sutil y final a Johnny Fontane, el cantante al que el Padrino liberó de su contrato con el productor explotador. Vito Corleone le hizo rico y famoso, pero a qué precio.
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